Por LA NACIÓN
Bailar tango es una invitación a la autoexploración y la sanación personal. Más allá de los pasos, el tango se vive en la conexión con la pareja, la música y el momento presente. En cada clase comenzamos con ejercicios individuales y luego trabajamos el vínculo. No es necesario asistir en pareja y trabajamos la espera, la entrega, la confianza, el equilibrio y la conexión, permitiendo que el tango nos arraigue, nos despierte y nos invite a estar plenamente presentes.
Gracias al tango, he tenido la oportunidad de viajar y dar clases en diferentes países, culturas e idiomas, siempre encontrando un amor universal por esta danza. Recuerdo una pareja canadiense de 80 años tomando su primera clase, y me doy cuenta de que el tango es mucho más que un simple baile. Es un abrazo conectado al ritmo de una música que invita a la entrega y a la conexión.
Desde pequeña, he bailado diversas danzas, pero con el tango descubrí la combinación perfecta entre mi pasión por bailar y abrazar. Abrazar siempre fue natural para mí, proporcionando un sentimiento de seguridad y conexión. Encontrar en el tango la unión de estas dos facetas fue el inicio de mi aventura en el mundo de la danza.
Con el tiempo, entendí que el tango ofrece mucho más de lo que parece. Los participantes, en mis clases, no solo buscan moverse, buscan conectar con su cuerpo, sus emociones y con los demás. El tango les permite explorar, encontrar y profundizar en la conexión a través del abrazo.
Para bailar tango es necesario aprender ciertas estructuras, pero lo fundamental es olvidarlas para liberarse en una entrega emocional. Así, el tango se convierte en un proceso continuo de conexión emocional y creatividad en cada abrazo.